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Las aulas del futuro

Imaginen un aula donde los alumnos están físicamente presentes pero virtualmente ausentes. Están con sus cascos de realidad virtual navegando el universo y observando cómo se forman las estrellas, detectando cómo las células entregan oxígeno al cuerpo humano, llegando a la luna en 1969 o visitando el Museo de Historia Natural de Londres.

Estas aulas están llenas de zombies. ¿Son alumnos? ¿Son expedicionarios? ¿Dónde está cada uno de ellos en el espacio-tiempo? ¿Están aprendiendo? ¿Se están aislando en mundos individuales donde no hay contacto real con los demás?

Las aulas inmersivas aparecen en el futuro cercano. Google Expeditions propone excursiones a todas partes. Nearpod tiene ya más de 100 clases con realidad virtual. Eon va más allá fusionando la realidad virtual con la realidad aumentada. Unimersiv ofrece experiencias generadas por computadoras, que llevan a los alumnos a la Acrópolis, al Titanic o al cuerpo humano. Labster permite realizar experimentos científicos usando tecnología de punta en el mundo virtual.

Las posibilidades de la realidad virtual en las aulas están apenas empezando a germinar. Este video muestra cómo se transforma la experiencia del alumno, que pasa a vivir el aprendizaje inmersivo, viaja en el tiempo, en el espacio y en simulaciones, interactúa con otros en expediciones colaborativas y encuentra secretos jamás revelados del mundo del conocimiento.

Basta ver a Mark Zuckerberg en este video navegando la VR en una conferencia para entender lo lejos que este camino llegará.

Imaginen ahora otra aula inversa. Un aula sin alumnos físicos. Un aula donde sólo hay un profesor y una inmensa pantalla. Ahora los alumnos son virtuales.

Estas son las aulas que están diseñando las mejores escuelas de negocios del mundo. Harvard lanzó el año pasado la HBX Live, que tiene hasta 60 participantes en vivo, de diversos países del mundo, interactuando entre sí con la guía de un profesor y usando el ya famoso modelo de estudios de caso de su Escuela de Negocios.

Hace pocos días IE lanzó una versión más avanzada llamada WOW Room. El aula –sin alumnos presenciales- se parece a un estudio de televisión con una inmensa pantalla de 45 metros que conecta a decenas de alumnos y brinda indicadores en tiempo real de su respuesta.

En este modelo la tecnología juega un rol más activo aún: con un software de reconocimiento facial se miden los estados de ánimo de los alumnos durante el trascurso de las clases. El software reconoce seis estados: felicidad, tristeza, sorpresa, enojo, miedo o rechazo. Esto permite “medir” el impacto de cada segmento de la clase en el nivel más profundo de las emociones.

En la WOW Room el profesor se mueve a sus anchas, despliega su cuerpo dando clases magistrales, orquestando la participación de los alumnos de diversos países del mundo. Desde 2017 la WOW Room trabajará casos reales de negocios con más de 1.000 alumnos de 130 países.

WowRoom

¿Cuál de estos modelos tendrá más posibilidades de desarrollo en el futuro? ¿Las aulas donde los alumnos llegan para viajar por el espacio-tiempo? ¿Las aulas virtuales habitadas por un docente físico y centenares de alumnos virtuales?

Quizás algunas ni siquiera sean aulas. Con la realidad virtual el profesor puede hacer expediciones y sus alumnos aprender desde sus casas interactuando con él, como lo muestra este video.

Quizás se trata de otros modelos ya en marcha. Uno de los más conocidos y polémicos es el de Teach to One, un ejemplo de aprendizaje híbrido (blended) en Estados Unidos. El programa enseña matemática de una forma revolucionaria.

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El aula de Teach to One es grande, entran más de 100 alumnos con 15 docentes y asistentes. Todos tienen una computadora. Es el aula de los datos y todo está guionado por algoritmos.

Los algoritmos definen qué alumnos se sentarán juntos cada día en base al conocimiento previo que tienen y según cómo aprenden. El aula está dividida en diez secciones, con nombres como “Jardines Botánicos” o “Playa Brighton”. La computadora les dice a los alumnos a qué sección deben ir cada día y qué tipo de clase tendrán.

Los esperan clases guiadas por docentes (investigaciones en vivo, desafíos, consultorías), trabajos en grupos (colaboraciones o tutorías) e individuales (aprendizaje virtual, refuerzo virtual, práctica, proyectos).

Los alumnos inician una actividad y la voz de la computadora les responde qué deben hacer. Luego de las actividades los alumnos responden a preguntas para que la máquina sepa qué nivel de conocimiento adquirieron. Este es el “ticket de salida” que les permite terminar el día. En base a esa información el algoritmo los ubicará al día siguiente en grupos y sectores diferentes, personalizando los trayectos de aprendizaje.

El método ha tenido una primera evaluación de impacto que mostró fuertes mejoras en los resultados de aprendizaje luego de dos años.

Estos tres ejemplos son sólo la punta del iceberg. ¿Cómo serán las aulas del futuro?

¿Serán parecidas a lo que lanzó el gobierno de Georgia hace unos años, una mezcla de futurismo tecnológico y tradición en el orden ritual de los alumnos (incluso en sus uniformes)?

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¿Serán cubículos donde los alumnos, aislados entre sí, trabajan con sus computadoras?

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¿O serán las aulas de una computadora por alumno OLPC, que han poblado América Latina en la última década?

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No son estos los primeros proyectos tecnológicos de transformar las aulas. Durante todo el Siglo XX se soñó con aulas imaginarias que salvarían a la educación de todos sus pecados. Se soñaron máquinas que enseñaban, televisores que se adueñaban de las consciencias de los alumnos, robots que reemplazaban a los docentes.

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Esos sueños han comenzado a transformarse en realidades. La tecnología ahora sí está en condiciones de reescribir la educación. Pero no hay que olvidar que el aula no está gobernada por un docente o un algoritmo. El aula está gobernada por una pedagogía. ¿Cuál es la relación del alumno con el conocimiento, con sus pares, con los enseñantes? ¿Cómo se aprende, qué se aprende, a qué ritmo, con qué motivaciones, en qué plazos, con qué controles, para qué fines? Son estas preguntas las que esconde el secreto de cada aula. Ojalá las tecnologías puedan expandir pedagogías poderosas y apasionantes. El camino recién empieza.


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